miércoles, 12 de junio de 2013

Tarde

Tarde.
Más tarde.
Mucho más tarde de la hora convenida sonó el despertador aquella mañana y el Hombre saltó de la cama como si mil erizos formasen parte de aquel colchón duro y deforme. Intentó manipular el aparato buscando alguna respuesta, pero estaba claro que el problema era la tienda de asiáticos donde lo había comprado.
Delante del espejo se terminó de secar la cara, se peinó con las manos e imaginó la tensa cara que le esperaba al otro lado de la mesa del bar donde había quedado. Después de desayunar café quemado recién hecho, salió de casa.

Las calles estaban repletas de gente que iba de un lado a otro a velocidades que el Hombre no conocía. Intentaba acoplarse al paso de los demás, pero recibía empujones y pisotones de todos lados. Por fin, la marabunta se detuvo ante el paso de cebra que le impedía el paso y el Hombre pudo respirar unos instantes.
Verde.
La gente comenzó a andar de nuevo prácticamente al mismo tiempo, cualquiera diría que se trataba de un ejército de autómatas y, justo cuando el Hombre dio el primer paso para cruzar la calle, el semáforo le hizo esperar de nuevo.

Después de correr como nunca lo había hecho, llegó a su cita. Entró en el establecimiento absolutamente colapsado de gente e intentó distinguir el pelo rubio de su chica. Nada. Miró a un lado y a otro y apartó a algunas personas que interrumpían su desesperada lucha por ampliar su campo visual. Tampoco.
“¿Realmente había llegado tan tarde como para que ella se hubiese visto obligada a irse?”

Se acercó a la barra y preguntó al primer camarero que pasó delante de él, pero el pobre empleado estaba tan angustiado atendiendo las peticiones de los clientes que no escuchó ni una sola palabra del Hombre. Entonces, esquivó las absorbentes corrientes de gente y fue directamente al señor de bigote canoso y enorme panza que se encontraba frente a la caja registradora.

- ¡Disculpe! ¡¿Ha visto a una chica rubia que estaba esperando a alguien?!
Preguntó el Hombre.
- ¡¿Cómo?!
El alboroto del bar era ensordecedor.
- ¡¿Que si ha visto a una chica rubia...
- ¡Ah! ¡Sí, sí! ¡Pero, se fue hace dos horas!
- ¡Eso es imposible! ¡Había quedado con ella a las 11:00 y son las 11:30!
- ¡Lo siento! ¡Pero debe tener el reloj atrasado, porque son las 14:00!
- ¡¿Qué?!
- ¡Las 14:00! ¡Son las 14:00! ¡Y ahora apártese si no va a pagar ningún menú!

El Hombre se quedó mirando fijamente el reloj que colgaba de la pared. Confuso, comprobó nuevamente la hora en su móvil esperando que le diese la razón y que todo el mundo se hubiese vuelto loco a la vez, pero no. Eran las 14:00 y no entendía cómo habían pasado dos horas y media de un plumazo. Todavía aturdido, salió del local y, a través de los cristales de la calle, miró perplejo como toda aquella clientela ávida de pollo frito con patatas disfrutaba de su descanso para comer.
“¿Cuánto tiempo había pasado desde que salió de su casa?”

Frenazo de ruedas y un golpe seco.
Inmediatamente, se formó un círculo de gente en torno a un cuerpo tendido en mitad de la calle que impidió al Hombre ver claramente a la víctima. La calle quedó cortada al tránsito de vehículos de forma improvisada, mientras varias personas se ofrecían para cumplir el papel de ambulancia. El Hombre se deslizaba entre la multitud avanzando para ver mejor lo que había ocurrido y, de paso, ofrecer ayuda, pero cuando llegó al centro del siniestro, un coche salió a contrarreloj hacia el hospital.
Por un momento, el Hombre se asustó ante el horrible pensamiento de que la persona atropellada hubiese sido su chica, que le hubiese estado esperando en el otro lado de la calle y que, al verle, hubiese cruzado sin mirar a ambos lados. Rápidamente, llegó a la otra acera, marcó en el móvil su número y, mientras se sumaban los tonos, no cesó de mirar en todas direcciones buscando la rubia melena.

- ¿Sí?
Contestaron.
- Hola… ¿Quién eres?
- Soy su compañera de piso. Se ha dejado el móvil en casa.
- ¿Pero dónde está…
- Está en el hospital.
- ¿El hospital? ¿Por qué?

El móvil dio la última bocanada de batería y se apagó. Intentó rescatar unos minutos de aquel estúpido aparato encendiéndolo varias veces, pero fue imposible.
Asustado y extrañado por la noticia, trató de encontrar un taxi que le llevase a urgencias, sin embargo la curiosidad de la gente por el accidente y un conductor arrepentido tirado en el capó de su coche junto con dos coches de policía atravesados en la calle que cortaban cualquier tipo de circulación, le obligó a tomar la determinación de echar a correr.

Las plantas de los pies ya empezaban a doler y la respiración se había pasado de rosca hacía dos esquinas. Sin embargo, su pecho tiraba y tiraba de él convenciéndole de que la siguiente calle sería la última y la siguiente, la última y la siguiente, la última. ¡Necesitaba saber si le había pasado algo! ¡Necesitaba saber porqué estaba en el hospital!

El mostrador de la sala de espera de urgencias estaba vacío. Tan solo un señor de aspecto desaliñado roncando en una esquina rompía el silencio y crispaba todavía más los nervios del Hombre.
Esperó unos minutos, pero ese tiempo se hacía cada vez más eterno y cada movimiento de las manecillas del reloj se convertía en un nuevo esfuerzo por mantenerse inalterable.
Insoportable.

-¡¿Hola?!
Gritó el Hombre.
- ¡¿Hay alguien?!
Miró a través del largo pasillo aglutinado de innumerables habitaciones.
- ¡¿Hola?!
Volvió a gritar.
En ese momento, cruzó la sala un médico apurado por alguna urgencia.
- Perdone. ¿Me puede atender un momento?
- Lo siento. Ahora no puedo. Tendrá que esperar a mi compañera del mostrador.
Y desapareció escaleras arriba.
- ¡No puedo esperar! ¡No tengo tiempo!

De pronto, la desesperación le empujó a romper cualquier protocolo hospitalario y entró en el mostrador. El listado de pacientes recientes estaba sobre la mesa. Se tuvo que tranquilizar respirando profundamente varias veces antes de empezar a buscar un nombre. El nombre de ella.
¡La relación de pacientes era enorme! ¡Ocupaba diecisiete páginas! ¡Se podría volver loco buscando un nombre! Por suerte, estaban ordenados alfabéticamente y el nombre que buscaba empezaba por “A”, por lo tanto no le llevaría mucho tiempo. Utilizó su dedo índice como ayudante y repasó toda la primera letra. Ese nombre no estaba, sin embargo algo llamó su atención. Tal vez, fuese casualidad o el implacable destino, pero tanto el nombre de ella como el del Hombre empezaban con esa misma letra.
Dilatación de pupilas.
Nunca habría encontrado el nombre de la chica porque no era ella la que había ingresado en el hospital ese día, ¡sino él!
“¡No puede ser! ¡Acabo de llegar! ¡No estoy enfermo! ¡No estoy en una habitación de hospital! ¡Estoy aquí! ¡Ahora mismo!”
Al lado del nombre figuraba el número de la habitación.

Los pasos apresurados del Hombre resonaban por el interminable pasillo. A la izquierda los números impares, a la derecha los pares.
Cuando encontró su supuesta habitación, se detuvo un instante con una sensación de miedo y alegría. Miedo, por no saber qué podía encontrar allí dentro y alegría, por poner fin a aquella pesadilla o lo que fuese.
El Hombre entró en la habitación 124.

Nadie.
Solo una cama vacía, un par de sillas y una televisión apagada.
Había poca luz y el Hombre se acercó a la ventana para levantar la persiana.
Nada tenía sentido. “¿Por qué había llegado tan tarde al bar?” “¿Por qué su nombre estaba en el listado de ingresos?”. ¡Su nombre! ¡Otra vez su nombre!
Sudor frío y colapso mental.
Cuando entró en la habitación, todo estaba demasiado oscuro para verlo, sin embargo ahora su nombre no figuraba en una lista, sino que formaba parte de una corona de flores.

Al salir corriendo del hospital le pareció oír a alguien decir: “¡Eh! ¿Usted?”.  Intentó reanimar su móvil para llamar a su chica, pero fue imposible. La rabia hizo que estrellase el aparato contra el suelo. Tenía que averiguar lo que estaba pasando y solo había una forma.
Por suerte, delante de la puerta de urgencias siempre permanecían atentos un enjambre de taxistas ansiosos de carne fresca.

El sudoroso taxista no paraba de secarse la frente y el cuello mientras conducía a ritmo de réquiem.
-¿Al cementerio a estas horas? Un poco tarde, ¿no?
Dijo el taxista.
Efectivamente, el sol se estaba poniendo.

“Qué rápido pasa todo en la vida” pensó el Hombre mientras miraba por la ventanilla. “Naces en un momento y mueres en un segundo. Te levantas por la mañana temprano y a la vuelta de la esquina ya es de noche. Llegas tarde a una cita y todo se complica”.


Cuando llegaron al cementerio ya era noche cerrada y la puerta de la verja impedía el paso con un candado. El Hombre ordenó al taxi que se marchase a la vez que las primeras gotas de lluvia empezaban a caer sobre su cara.

Con los bajos del pantalón embarrados, buscó una parte del muro que fuese más baja, por lo tanto, más accesible. No la encontró, pero un árbol que había crecido cara a cara con los ladrillos, era la escalera perfecta que necesitaba en ese momento.
Trepó por el tronco y se arrastró entre las ramas mojadas hasta que pudo hacer pie encima del muro. Aquella barrera era lo suficientemente alta como para saltar al suelo y partirse las piernas, así que, se descolgó poco a poco resbalando por la pared hasta que, finalmente, saltó dentro del recinto que daba cobijo a los restos de cientos de personas.

Andando entre las tumbas daba la sensación de estar atravesando un túnel del tiempo. Cada fecha de nacimiento y defunción le trasportaba a una época diferente y el Hombre, como buen cinéfilo, recordaba títulos para tranquilizarse. Años treinta: “El doctor Frankenstein”; años cuarenta: “Qué bello es vivir”; años cincuenta: “El séptimo sello”; años sesenta: “Psicosis”. Pero, en los años setenta el Hombre se detuvo. Comprobó que la siguiente fila de lápidas pertenecía a los años ochenta y comprendió que todos los ataúdes estaban dispuestos cronológicamente. En ese caso, si seguía adelante llegaría a los entierros que se habían hecho ese mismo día. Llegaría a lo que, posiblemente, era su tumba.
Cada paso que daba era más doloroso que el anterior.
Mientras se hundía en los fangosos vientres de los charcos, escuchaba cantar a los grillos con el imparable susurro del viento. Imaginaba que los difuntos se elevaban por encima de sus cajas bailando una especie de danza macabra. Un ritual hacia el matadero.
Cuando llegó al final de su camino la visión se esfumó rápidamente. Necesitaba toda su concentración, nada de grillos, viento y fantasmas. No había demasiadas lápidas nuevas, así que, sería algo rápido e indoloro.
Tras haber descartado varios epitafios, su sangre, congelada minutos antes, empezó a fluir de nuevo regalando un momento de esperanza.
- ¡Se han equivocado! ¡Se han equivocado!
Exclamó de alegría. Pero, esa alegría duró poco.
De pronto, apareció delante de él la última tumba. Una tumba con una lápida recién puesta y un epitafio inacabado. Por suerte o por desgracia, el nombre estaba escrito. Ese nombre que empezaba por “A”.

Sensación de ahogo.

Un grito sordo rasgó su garganta y entre llantos arremetió contra la lápida dándole patadas. Intentó arrancar aquel trozo de piedra de la mismísima tierra con sus propias manos y, como último recurso, empujado por la ira y la desesperación, borró su nombre a base de pedradas mientras gritaba:
-¡No estoy muerto! ¿¡Por qué me enterráis?! ¡Todavía no estoy muerto!

Ahora, el cementerio quedaba muy lejos mientras el Hombre caminaba hacia su casa por el medio de la calle. La lluvia había cesado y el frío de la madrugada hizo acto de presencia.

Dentro de su cabeza no existía ninguna respuesta o experiencia que respondiese de forma coherente a los hechos ocurridos. Cualquier persona se puede quedar dormida o puede llegar tarde a algún lugar, pero nadie tarda dos horas en cruzar cuatro calles. Nadie ingresa en un hospital sin estar presente. Nadie muere sin morir.
Los recuerdos de aquel día se amontonaban en el trastero de la memoria de forma desordenada y lo único que hilaba todos los acontecimientos era el tiempo.
“Tarde. Más tarde. Mucho más tarde de la hora convenida sonó el despertador aquella mañana”.
“¿Había llegado con retraso a todos los momentos que iba a vivir ese día?”
Esa pregunta era la única respuesta.

Cuando entró en casa fue directamente a la cocina a por un vaso de agua. No había comido absolutamente nada en todo el día, sin embargo solo tenía sed. Llenó el vaso directamente del grifo y, mientras se dirigía al salón, pensó que si ya había muerto y seguía vivo, en algún momento no muy lejano moriría.

Se sentó en el sofá y dio un pequeño trago.
El cansancio comenzó a llamar a las puertas de sus ojos.
Otro trago.
La respiración se ralentizó involuntariamente.
Último trago.
El Hombre vio a través de la ventana el amanecer que daba paso al nuevo día, y murió en el salón de su casa.
Por la mañana.
Temprano.

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