miércoles, 9 de octubre de 2013

La vida es como un río

La vida es como un río por el que en vez de agua corren sentimientos, a veces el agua corre con más intensidad y otras con menos. Cada persona es distinta, y sus aguas fluyen de distinta forma. El problema de la gente es que al pensar utiliza sus sentimientos, de ahí las conclusiones contradictorias frente a un mismo hecho; y, en consecuencia, se deja guiar por ellos, y al igual que un río, si se deja llevar por sus aguas puede ser peligroso, por ejemplo, si hay un período de muchas lluvias, el río puede perder el control de sí mismo e inundar algún poblado , llegando a hacer daño a lo que lo rodea.

Lo mismo pasa cuando una persona se deja llevar por sus sentimiento por ejemplo, en situaciones de enfado, cuando odia a alguien, cuando tiene miedo, vergüenza, está nervioso…, pierden el control de sí mismos y pueden hacer daño no solo a los demás, sino también a sí mismos; es algo muy común en gente que no tiene proyectos de vida, y les suele pasar que son influidos fácilmente por la sociedad (modas, ideologías, prensa...), y a menudo estas personas se suelen quejar de que la vida no tiene sentido, más bien parece ser que no le dan sentido, esta gente es muy fácil de identificar, porque suelen criticar mucho a la gente y su forma de argumentar se basa a menudo en insultar y no escuchar ni dejar hablar a los que piensan de forma diferente.
Esta gente es cobarde, gente que no piensa por sí misma, sino que es la sociedad la que lo hace por ellos, y ellos se aferran a la comodidad de vivir de fuera hacia dentro, por eso no paran de criticar (algo de fuera, en este caso) sin proponer soluciones (algo de dentro, que les implica hacer algo), porque al dar soluciones tienen miedo de lo que puedan decir los demás de ellos, en definitiva, tienen miedo ante lo desconocido y no quieren arriesgarse por la posibilidad de equivocarse, en resumen, no tienen la suficiente valentía para afrontar errores y aprender de ellos, simplemente se dejan llevar por sus apetencias, sin pensar en las consecuencias, se limitan a vivir el presente sin pensar en el futuro. Hay una metáfora que simplifica muy bien todo esto. Imagínate una habitación, no tardas ni un minuto en desordenarla, en cambio, en ordenarla tardas mucho, muchísimo más. El que la ordenado se siente contento, el otro, indiferente. No sólo eso, el que la ha ordenado encuentra fácilmente lo que busca, el otro se enfada, se desespera y habitualmente acaba echando la culpa a los demás de haber cambiado las cosas de sitio, se siente perdido.

Volviendo al tema del río de los sentimientos, con no dejarse llevar por los sentimientos no quiero decir que haya que adoptar una actitud de indiferencia e insensibilidad ante la vida, de todo me da igual; pues sin sentimientos nuestro río no fluiría y espiritualmente estaríamos vacíos. No, lo que quiero decir es que tenemos que ser dueños de nosotros mismos, debemos controlar los sentimientos con la frialdad de la razón, y no perder la calma por adversas que sean las circunstancias. Así, nuestro río no desbordará ni hará daño a lo que lo rodea, y podremos seguir más plenamente nuestro camino que es el proyecto de vida, en el que pondremos todo nuestro entusiasmo y teniendo una actitud optimista (como veis, ahora nos estamos dejando llevar por el río, porque el entusiasmo y el optimismo nos benefician), se trata pues de armonizar la razón y los sentimientos, de hacerlos uno solo.
Es un camino en el que vamos madurando y cambiando por dentro, y en el que debemos dejar huella en otros ríos, invitándoles a que sigan, igual que nosotros, su proyecto de vida. Y, siguiendo un lema que tengo, que se puede aplicar a todas las situaciones, y es que para sobrevivir a nuestro entorno debemos adaptarnos a las circunstancias que nos rodean. En este caso, la circunstancia que nos rodea es que vivimos en sociedad, y por tanto, debemos pensar en los demás, amar a los demás y no ser egoístas.
Así, pueden admirarnos más y cambiar su vida, siguiendo mejor su proyecto de vida. Esto es a lo que yo llamo vivir de dentro hacia fuera, pues cambiamos por dentro para invitar a los demás a que cambien.

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